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lunes, 21 de diciembre de 2009

Sin tirarse los trastos



Un servicio de mediación ofrece a las parejas la posibilidad de un divorcio amistoso 

20.12.09 - 01:03 -



Roberto Crespo y Ana María Vivancos sonríen relajados. Se miran a los ojos con limpieza, sin resentimiento. Queda, después, un rastro de melancolía en el aire, y quizá un recuerdo a su hijo León, de dos años y medio, al que los dos quieren con locura. Están sentados en una sala de colores neutros que sin embargo logra transmitir cierta calidez. Es el lugar en el que han hablado durante horas con el objetivo de poner fin a su matrimonio de diez años de la manera más civilizada posible. Sin causar más heridas de las inevitables. Sin cinismo, sin odio, sin miserias. Lo han conseguido gracias a sí mismos, pero también gracias a la ayuda del Servicio de Mediación de la Dirección General de Familia, que les ha orientado a la hora de decidir la forma de afrontar su nueva situación: cómo garantizar que León siga viendo a su padre aunque viva con su madre, cómo solucionar el siempre espinoso asunto económico, cómo, en definitiva, continuar manteniendo una relación de padre y madre cuando la de marido y mujer ya ha terminado.
Fue ella quien propuso probar con la mediación, en lugar de acudir directamente a un juzgado y esperar a que un juez decidiese por ellos. «Me informó una amiga, y a los dos nos pareció que podía estar bien. Este ambiente es mucho más natural, y te da más confianza para hablar de cosas tan feas e incómodas como el régimen de visitas».
El servicio funciona desde el 2004 en la Región a través de la asociación Mediacción. Desde el pasado mes de abril, el centro mantiene un convenio con la Consejería de Política Social y está abierto a cualquier pareja en proceso de separación o divorcio de manera completamente gratuita. Aquí, sin necesidad de abogados ni pleitos, pueden cerrar un acuerdo con la ayuda de un grupo de profesionales que actúan de mediadores.
«Son completamente neutrales, se limitan a facilitar el diálogo entre los dos y a acompañarnos en el proceso», explican Roberto Crespo y Ana María Vivancos. La pareja se reúne en sesiones de una hora con dos mediadores. Paso a paso, van abordando todo aquello que consideran conveniente dejar claro. Luego, ese acuerdo se firma y se envía al juzgado para que el convenio adquiera validez jurídica. Roberto y Ana María ya han consensuado el documento, aunque todavía no ha sido ratificado.
«Nos hemos puesto de acuerdo en todo lo relativo a nuestro hijo, y hemos decidido dejar para más adelante la liquidación de bienes», cuentan. Él es delegado de seguridad y ella actriz y monitora de teatro. Su situación económica no es boyante, así que han aparcado la cuestión. «Regular la pensión alimenticia es obligatorio, pero la liquidación de bienes no, así que en las circunstancias actuales de crisis este tipo de situaciones se está dando muy a menudo», explica Natalia Carreres, una de las responsables del centro. La recesión económica se está dejando notar. Aumenta el número de divorciados y separados que acude a mediación en busca de una revisión de la pensión porque el padre se ha quedado en el paro o ha perdido su negocio.
Por mutuo acuerdo
Desde octubre funciona un protocolo en los juzgados de familia de Murcia por el que se informa a todas las parejas que acuden por la vía de lo contencioso de la oportunidad de reconducir la situación y llegar a un mutuo acuerdo a través del Servicio de Mediación. «Se les ofrece una charla informativa, y ellos deciden si continúan en los tribunales o si prueban con nosotros, en cuyo caso el proceso judicial queda paralizado durante sesenta días», explica Natalia Carreres.
Ésta es la opción por la que apostaron Susana Abenza y Antonio Ballesta. Después de diez años de noviazgo y once de matrimonio, y con dos hijos de 8 y 5 años, se embarcaron en un divorcio contencioso, porque no eran capaces de llegar a un acuerdo en el tema económico. Cuando el juez les propuso acudir al centro de Mediación, decidieron probar suerte, y tuvieron éxito. Su relación está deteriorada. No son amigos, y apenas se saludan cuando coinciden en la misma sala para este reportaje. Pero han sabido sobreponerse a sus problemas. «Hemos hecho lo mejor para nuestros hijos, porque su bienestar es lo más importante», explica Susana. Ella está ahora en paro, tras años dedicada a la hostelería. Antonio trabaja en una tienda de recambios en Alcantarilla. «No hemos tenido dificultades para ponernos de acuerdo sobre los hijos, pero sí nos ha costado hacer la liquidación de bienes», admite el padre. En un juicio hay dos partes en guerra y sólo una gana. Aquí el enfoque es completamente distinto. Se trata de que todos ganen, y muy especialmente los hijos. «Vamos más allá de la terminología jurídica. Por ejemplo, a la hora de decidir el régimen de visitas, nosotros no les proponemos nada, pero sí les pedimos que hagan pruebas de realidad. Es decir, que se planteen cómo sería en la práctica aquello que están defendiendo, si en el día a día sería viable, porque desgraciadamente, muchas veces las opciones que se barajan no son realistas y no benefician al niño», explica Jesús Caravaca, psicólogo y miembro del equipo mediador.
Dar el paso
Lo difícil, normalmente, es dar el paso y aceptar sentarse en la misma mesa con el 'ex' para empezar a negociar. «Aquí viene gente que lleva cuatro o cinco años sin hablarse». Por eso, muchas parejas prefieren seguir en los tribunales. Pero entre quienes consiguen aparcar resentimientos y prejuicios, el porcentaje de éxito es muy elevado. «Desde que en octubre empezó el programa con los juzgados hemos tenido cuatro parejas. Tres han llegado a un acuerdo, y la cuarta está todavía en mitad del proceso».
Tanto Ana María Vivancos y Roberto Crespo como Susana Abenza y Antonio Ballesta lo tienen claro. «Me ha ido tan bien que he decidido traer al resto de la familia, porque también los abuelos son importantes en esto y las cosas deben quedar claras para todos», cuenta Ana María. Incluso los hijos acuden a veces, cuando todas las partes lo ven necesario y conveniente. En la pizarra de la sala algún niño ha pintando, en un garabato infantil, a sus padres dándose la mano y a él mirando sonriente desde la chimenea de su casa. Y ahí sigue el dibujo, para que a nadie se le olvide la lección.

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